sábado, 18 de marzo de 2017

Nada Serio.

 Pablo Tristezza creía en todos.  Podríamos ponernos profundos y decir que era un pelotudo, pero Pablo era más que eso; Pablo era ingenuo, si; pero era distinto, era único.
 Disfrutaba de los amaneceres, los atardeceres y las estrellas, aunque esté nublado. Pablo le sonreía a sus compañeros de trabajo de una manera genuina, era predispuesto para realizar tareas por la cual no le pagaban e incluso hacer más de ocho horas diarias, su jefe le parecía un capo, las canciones de ABBA sonaban en su reproductor, Forest Gump era, seguramente, su película favorita. Él buscaba la verdadera belleza en las cosas, y no sé cómo, las encontraba. Pablo era único. Le gustaba escuchar Enya cuando creía que estaba depresivo; nunca estuvo verdaderamente depresivo, pero le gustaba convercerse de que sí lo estaba, sobre todo los domingos a la tarde; como a todos. Pablo, no era tan único.
 Creía en las gitanas de la plaza, de hecho estaba convencido de que a los 27 iba a encontrar el amor de su vida en los ojos negros de una morocha voluptuosa, proveniente de Gonzalez Catán, vendedora de magdalenas de esas que hay por la internet; así se lo dijo Samara, que en realidad se llamaba Marta y no era gitana. Además, ¿Existe otra manera de enamorarse que no sea por internet y de una vendedora de magdalenas? No.
 Creía en los discursos políticos, en los berrinches de los niños caprichosos, en los cumplidos de los falsos alabadores, en los piropos de las prostitutas, en el proyecto de Blair witch.
 Pablo se convencía hasta en lo más profundo de sus células de todo aquello que le decían. Él esperaba con ansias a la morocha voluptuosa; de hecho, cuando cumplió 27 años, la producción de magdalenas aumentó un 30%  en González Catán.
 Un feriado, de esos de mayo, Pablo dejó de creer. Conectó dos neuronas, miró su reflejo en la pantalla oscura de la tv y dijo: "Me cago en todo". Estaba iluminado, hubiera jurado que sus ojos pasaron de ser verdes a ser verdes claro, así de drástico, increíble; no sé qué fue lo que le hizo "click", pero de alguna manera u otra, despertó. En ese mismo instante, cuando yo lo miraba a los ojos y juntos sonreíamos, le llegó un mensaje: "Pablo Tristezza, soy Lara, la chica de los Cupcakes, te aviso que voy a pasar con tu pedido hoy a las 17:00hs,  ¿De qué parte de Rafael Castillo sos? perdí la dirección, soy de Catán, estoy cerca. Gracias, ¡Nos vemos!".
 A las 17:00hs, en punto, Lara tocó el timbre; Pablo abrió la puerta y sus ojos que eran color verdes claro, retornaron a verde, simplemente verde; era ella, Lara, la morocha voluptuosa de González Catán. Desde  esa primera vez que se vieron, Pablo  decidió comer diariamente magdalenas solamente de "El Cupcake Felíz" y  Lara, felíz como el mismísimo cupcake, era la encargada del delivery de todos los días para el señor Tristezza.  Después, pasó de ser un simple intercambio de bienes y servicios a citas románticas e intercambios de otras índoles.  Hay que aceptarlo, hubo química; el creía en la veracidad del proyecto de Blair Witch, y ella también. Era el amor de su vida, era perfecta.
 Pablo volvió a creer en todo, ¿Qué indicio más grande que el amor de su vida profetizado por Samara?
 Yo, también creía en todos; incluso fui de esas que creía en Pablo y sus historias de pitonisas, ¿quién me mandó a enamorarme de ojos verdes claros? Me cago en todo.

Vielen Dank!

Paulita.




                                   ABRA   LOS OJOS, NO SEA BOBO Y NO SEA TORPEEE....






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