jueves, 16 de marzo de 2017

Quisiera creer.

  Permítanme escribirlo, yo creo en los extraterrestres. Horas de videos de YouTube y de History Channel no han sido en vano.
  En San Miguel se avistan muchos, sobre todo los viernes a las 18hs y más en verano, cuando el cielo tiene algunas nubes, de esas pomposas, las de algodón; porque detrás de ellas se esconden con sus naves intergalácticas. El asunto, es que ya nadie observa el cielo de San Miguel; ni siquiera lo miran.
 No es nuestra culpa, después de todo  estamos muy ocupados, el San miguelino promedio tiene que contestar whatsapps, actualizar Facebook, mirar vidrieras con ropa importada de Flores... Son muchas cosas, no hay tiempo ni para mirar el cielo. Mirar el cielo conlleva, además, peligro; una vez, por ejemplo, me senté en la plaza, intenté observar hacia arriba y recibí la bendición oscura y líquida de una santa palomilla en el medio de mi rostro, ser San miguelino es muy riesgoso.
  Pero los extraterrestres están. Hay que ser valientes, sortear cacas de palomas, hacer oídos sordos a avionetas parlanchinas que nos recuerdan lo bueno que es el intendente, o a aquella avioneta escandalosamente silenciosa y sin luces de la noche; hay que ser valientes, y mirar, incluso, observar. Más allá de las distracciones.
 Algunos tenemos suerte, y no vivimos como grandes señores en lujosos edificios en el centro de la ciudad, con todas esas comodidades del asfalto, el comercio y las cloacas, no señor, algunos somos verdaderamente afortunados y podemos mirar al cielo tranquilamente; cuando soltamos el celular.
 Los atardeces naranjas de los veranos de mi niñez, se reavivan cada enero en mi patio,  el canto de los gorriones a la mañana, las semillas de las araucarias del vecino...no me puedo quejar de lo hermoso de aquellas inundaciones llenitas de barro, el aroma nocturno del Ceamse, todo es perfecto; pero ante todo, lo único, aquello que nos distingue del resto y ni nosotros mismos nos damos cuenta, son nuestros alienígenas.
  Hace poco tuve la suerte de caminar a las 3am por la estación de esta amada ciudad; no quiero exagerar, pero es una experiencia que pocos se animan a vivir, es un tsunami de sensasiones salvajes; seguramente se trate de la energía sobrenatural de estos seres misteriosos, maravillosos. Y son estas mismas sensaciones las que te invitan a no mirar a todo aquello que posea ojos, es el piso o el cielo. 
 Yo, esta vez, elegí mirar el piso y caminar rápido; tenía que llegar a casa lo antes posible; no me acuerdo bien por qué, pero no tenía tiempo para una abducción ni nada de eso y menos a esa hora.
 De repente, en medio de mi caminata, sonó mi celular, y para peor, varias veces, por el tipo de alarma, se trataba de un WhatsApp; una notificación de Facebook y un twitt; pero, a pesar de mi alienación comunicativa, lo ignoré; me han comentado que a estos seres los atraen las ondas electromagnéticas de los celulares,  casi tanto como a mi me atraen las milanesas.
 Caminé y miré al piso lo más que pude; pero mi cabeza, loquita, empezó a funcionar de la manera incorrecta: "Paulita, el celu, Paulita, el celu, Paulita fijate puede ser mamá, Paluchi, fíjate, mirá si el amor de tu vida te mandó una caquita sonriente, Paaauuulitaaaa aaaahhhh". Metí la mano en el bolsillo, "ya fue, es un segundo, mamá está dormida, el pibe me sigue ignorando, no va a venir ningún marcianito".
 Escuché pasos detrás mío, listo, la quedé, pensé;  permanecí estupefacta menos de un minuto, con el celular en mi mano; en esos pocos segundos logré escuchar un idioma, pero no pude distinguirlo, no era español, ciertamente; ni alemán, ni inglés, ni árabe. Cuando reaccioné, y estaba aceptando el hecho de que en cualquier momento me metían una sonda, noté que el celular ya no estaba en mi mano, y ahora sí, en un pobre español oí un cordial saludo: "Nos re vimos" y desapareció de una manera hasta cósmicamente imposible, claro, no era humano.
 Impresionante, atravesó miles de constelaciones, conoció centenares de planetas, se tomó el trabajo de aprender un cordial saludo y sólo me quita el celular de mi mano.
 Hoy carezco de un teléfono móvil, pero puedo decir que tuve un contacto del tercer tipo, y seguramente no sea la última vez. Me puse a pensar, ahora que mi mente no necesita más emoticones de berenjenas, que, quizás, lo que el señor alienígena me quiso decir en su extraña lengua, es que ellos están, pero los ignoramos; entonces, me despojó de mi distracción para que aprenda a observar.
 Ya miré el cielo, miré el piso y  ahora me observo en un espejo, y me di cuenta, porque no soy tan imbécil, de que yo también soy una alienígena para los señores de los edificios elegantes que viven en el centro, esos que manejan naves de otro planeta sobre los cráteres de San Miguel.

¡Nos re vimos!

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Cuidado chicos, miren sin mirar...







1 comentario:

  1. naaaaaa, que garrón. totalmente meada por un anunnaki, como diría Giorgio, esto con los teóricos de los antiguos astronautas no pasaba.
    si habrè caminado a horas turbias por lemos esperando al querido 269, toda una misión con el culito apretao. ayayay paulita cómo fue que caiste en la tentación de sacar a tan noble aparato del bolsillo!

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